El teatro espontáneo funde lo artístico con lo terapéutico. Muestra al espectador y al narrador de la escena, aquella parte de la obra que el propio grupo siente; lo que han descubierto de la historia contada dentro de ellos mismos.
Dan vida a la narración del protagonista, junto con el sentimiento que ha despertado, lo que él trasmite sin palabras y resuena dentro de ellos; ofreciendo al público y al narrador un acto escénico que sale de sus almas de forma dramática, a la vez que interroga, incide, refleja, hace dudar sobre nuestras propias historias, cómo las vivimos, cómo las contamos y cómo el otro las percibe, descubriendo un mensaje que viene impreso en algún lugar de esa historia contada.
Por eso el cuerpo terapéutico de la escena creada, a nadie deja indiferente. A modo de rumiación, nos llevamos todas y cada una de las emociones que se manifestaron en aquél momento de espontaneidad y que nos remueven por dentro.
Dan vida a la narración del protagonista, junto con el sentimiento que ha despertado, lo que él trasmite sin palabras y resuena dentro de ellos; ofreciendo al público y al narrador un acto escénico que sale de sus almas de forma dramática, a la vez que interroga, incide, refleja, hace dudar sobre nuestras propias historias, cómo las vivimos, cómo las contamos y cómo el otro las percibe, descubriendo un mensaje que viene impreso en algún lugar de esa historia contada.
Por eso el cuerpo terapéutico de la escena creada, a nadie deja indiferente. A modo de rumiación, nos llevamos todas y cada una de las emociones que se manifestaron en aquél momento de espontaneidad y que nos remueven por dentro.
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